En la vida democrática, la crítica debería ser una herramienta indispensable para mejorar la gestión pública. Sin embargo, en muchos gobiernos municipales parece haberse convertido en un elemento incómodo, casi intolerable. No importa su origen ni su intención: toda observación que no encaje con el discurso oficial termina siendo catalogada como malintencionada.
Existen distintos tipos de crítica. Está la crítica por la crítica misma, muchas veces vacía de contenido; la crítica política, propia del juego democrático; la crítica ofensiva, que cruza límites innecesarios; y también está aquella que busca aportar, señalar errores y contribuir a una mejor administración. Pero en la práctica, todas terminan en la misma bolsa: la de lo “negativo”, lo “innecesario” o lo “desestabilizador”.
¿Por qué sucede esto? Una posible respuesta está en lo que podríamos denominar el “síndrome de las cuatro paredes”. Un fenómeno que atraviesa gestiones de distinto signo político y que no distingue nombres propios. Consiste en el progresivo aislamiento del poder ejecutivo municipal, que se encierra en su despacho y comienza a tomar decisiones desconectadas de la realidad cotidiana.
En ese encierro, el mundo exterior se distorsiona. La calle, los vecinos, los problemas reales pierden nitidez frente a una construcción interna donde todo parece estar bajo control. Y en ese contexto, el rol de los funcionarios cercanos se vuelve determinante: lejos de aportar una mirada crítica o advertir errores, muchas veces optan por validar cada decisión, reforzando la idea de que “todo está bien”.
Así, cualquier voz disonante es rápidamente descalificada. La crítica deja de ser vista como una oportunidad de mejora y pasa a ser considerada una amenaza. Se genera entonces un círculo vicioso: menos apertura, más aislamiento; menos escucha, más desconexión.
Lo preocupante es que este síndrome no es nuevo. Ha estado presente, con mayor o menor intensidad, en distintas gestiones desde la vuelta a la democracia. Cambian los nombres, los partidos, los contextos, pero el mecanismo se repite.
Gobernar no debería ser un ejercicio de autocomplacencia, sino de permanente revisión. Escuchar no es debilidad; por el contrario, es una de las mayores fortalezas que puede tener un dirigente. Reconocer errores no erosiona la autoridad, la legitima.
Tal vez sea momento de derribar esas cuatro paredes simbólicas. De abrir puertas y ventanas. De entender que la crítica, incluso la más dura, puede ser el punto de partida para hacer las cosas mejor.
Porque cuando el poder solo se escucha a sí mismo, deja de representar a quienes debería servir.
Por Claudio Luna









